SOBRE MI

Cuando comencé a trabajar como reportera, cubría una fuente que me provocaba mucho estrés: Política. Contaba apenas con 22 años y en ese entonces todos los reporteros de la redacción solíamos ir a comer frecuentemente con un conocido periodista del cual me reservaré por ahora el nombre, y que resultó ser un entusiasta winelover.

Como buen apóstol, me presentó el vino durante una de estas comidas. Me dijo que con unas copas podría aguantar la presión y además: “brillaría en sociedad”. Lo de la presión lo pude alcanzar con bastante éxito, pero el vino ha hecho de todo menos hacerme brillar en algún escaparate social. Al margen de si el vino lograba convertirme o no en una Paris Hilton, tan pronto pasaron los primeros tragos por mi garganta supe que sería un romance para toda la vida. No podría poner en palabras lo que entonces sentía, pero hoy puedo concluir que la explosión de sabores que claramente intuía y la enorme complejidad no sólo en torno a su manufactura sino a toda la historia que me estaba bebiendo en esa copa de Marqués del Riscal fue lo que me revolucionó. He pasado bebiendo vino 18 años, y aunque no he tenido la guía de un especialista más que algunas lecturas y miles de catas, he logrado determinar con claridad cuáles han sido trascendentes para mí y cuáles son dignos de recomendación. Sin embargo, la idea de que sólo he logrado probar una minúscula parte de su universo (tan sólo los de Ensenada son más de 100) me obliga a andar una y otra vez este maravilloso camino del conocimiento. ¿Cuando pararé? Tal vez cuando logre probar 3 de los mejores vinos del mundo: Riesling, Hermitage y Domaine de la Romaneé Conti.

Reseño, investigo, cato, no desde el pedestal de un sommelier, un catador de vinos o enólogo, sino desde el encuentro aficionado, humilde, constante, con esta “historia embotellada” y con las herramientas que aprendí durante mi oficio periodístico.

Para complementar esta ruta de sabores decidí detallar mis andanzas con esta otra importantísima experiencia en la que puedo invertir tanto o más presupuesto mensual que en el vino: La comida. Si bien no siempre voy a poder maridarlos, no por ello dejaré de contarles de aquellos lugares que deben conocer para comer.

Además, tengo un tip ancestral que me enseñó mi madre para detectar lugares dignos de recomendación y que casi siempre uso para decidir entrar a un sitio: ” Si el local está lleno, es que está bueno”, y puedo decir que el 80% de las veces me ha funcionado.

Y es que suelo ser muy quisquillosa con la comida porque tengo orígenes poblanos y mi abuela es de las que hace el mole desde comenzar a triturar el cacahuatito minúsculo en el metate. ¡Todo un arte! Pero cuando me di cuenta de que jamás iba a lograr “cocinar una Monalisa” decidí pasarme al otro lado, del lado de los que comen, porque son felices y viven para celebrar a aquellos que lo hacen muy bien.

Esto de ser bloguera me entusiasma tanto que ya quiero que intercambiemos experiencias y sobre todo, que formemos una red en favor del vino mexicano. Mientras tanto, entablaré conversaciones y entrevistas con todos aquellos que participan de la comedera- bebedera chilanga y nacional. Ojalá les guste este maravilloso proyecto en el que me embarco y del que espero no salir rodando de tanto comer y beber.

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