ZAMPADERA

Las aficiones son esos pequeños detalles que nos mantienen vivos. Eso representa para mí este blog. Por eso cada vez que le tomo  una foto a mi platillo y mi hermano menor me dice en ese tono de desmadre como acostumbramos a hablarnos: “Ya vas a empezar con tus pendejadas” o bien: “¿por qué no mejor le sacas una foto a lo que se convierte después en el baño tu comida?”, siento un dolorcillo de molestia en el estómago, porque compartir imágenes de mi comida no es un motivo para la descalificación, sobre todo porque esta costumbre tiene sus orígenes en la forma en que nuestros papás nos hicieron ver la comida: “No hay dinero mejor invertido que en comer”. Y es que desde que la economía familiar lo permitió, comenzamos a buscar  sitios para zambullirnos en el emocionante primer bocado de nuevos platillos y sazones. Recuerdo muy bien cuando me estrené en el mundo de los restaurantes. Tenía 12 años y nunca había probado la comida argentina por lo cual mis papás nos llevaron a mis dos hermanos y a mí a  La Esquina del Pibe que aún se encuentra en el  Centro Histórico de la Ciudad de México. Fue una sensación incómoda en principio porque nosotros vivíamos en Ecatepec, área de bajo poder adquisitivo,  así que verme sentada con una servilleta de tela muy blanca en el regazo era insólito, no quería ni tocarla para que no se ensuciara. Ni qué decir de sus gabinetes café oscuro con madera labrada, y los meseros bicromáticos viéndome con atención solemne. Fue un shock cultural.

No obstante mi vergüenza por estar un lugar así, tan limpio, tan fuera de mi humilde contexto cotidiano, pude saborear hasta el último bocado de mi “filete chemita”y el jugo de carne que lo precedió, con un entusiasmo que la comida nunca me había brindado; para mí, comer era sólo cubrir una necesidad básica, pero no fue hasta después de eliminar la última hebra de carne de mi plato, que descubrí que la comida es también una celebración, un sentimiento desconocido por mí hasta ese día.

Hoy, este bendito recuerdo me lleva de un lugar a otro para mantener viva una práctica en la familia que no sólo ha perdurado, sino que se ha extendido a las parejas de mis hermanos a mis amigos, y a mi marinovio, quien a veces se exaspera de que mi práctica favorita sea conocer nuevos lugares para comer, porque él es como Carrie Bradshaw, la protagonista de la serie Sex and the City,  prefiere ver su dinero donde pueda verlo :  colgado en el clóset. Para mí en cambio, el dinero es el artilugio que me abre las puertas a la posibilidad de revivir los sabores y emociones que un día un restaurante argentino en la calle República de Uruguay en el Centro Histórico, me dejó para siempre.

Anuncios