Viñedos Palafox, amor a la tierra

Los vinos de Aldo César Palafox nos  trasmiten  una historia de resiliencia y  catarsis.

Su fundador, Aldo César, un chico que prefería estar en contacto con la tierra y la agricultura antes que ir a gozar las las playas de Baja California, sentó  durante 6 años (1997-2003) las bases para comenzar con un viñedo en una zona donde no existían perspectivas económicas pero sí cariño inmenso por la tierra.

Sin embargo, Aldo muere de forma prematura en 2003, y es su hermano Jaime, abogado de profesión, quién retoma el proyecto, como un bálsamo para mitigar la pérdida del hermano menor  y continuar con su legado al que se sumó toda la familia Palafox, un esfuerzo que hoy se traduce en 6 etiquetas (dos de blanco, 3 de tintos y una de rosado natural) etiquetas que le rinden homenaje a la visión de Aldo y a la relación de la familia con la tierra.

En principio (2009) la bodega sólo producía 5 mil litros de vino y para 2019 esa producción aumentó a 95 mil litros. La perspectiva es que en un futuro no lejano, las vides en Palafox produzcan 250 mil botellas anuales.

Viñedos Palafox están ubicados en Valle de la Grulla, Ensenada, un valle pequeño, apenas 3 kilometros de ancho, que posee la particularidad de recibir las caricias de la brisa marina por la parte sur casi todo el día, esto ayuda a tener tardes más frescas lo que redunda en cosechas tardías y una mejor acidez en los vinos. Su suelo, en la parte central concentra arena, grava y en los costados se rodea por arcilla. 

Su enóloga,  Lulú Martínez Ojeda, busca que los vinos expresen no sólo el terroir sino una identidad propia de la Bodega que está fuertemente marcada por aspectos que imponen.

Yo tuve la suerte de catar su vino Marijá, el nombre proviene de la fusión de los nombres de María Del Consuelo y Jaime que son los papás de Jaime, Aldo César, y Mónica Fabiola, los integrantes de la nueva generación a cargo de Viñedos Palafox. Un chenin blanc 100% color amarillo fuerte con atisbos plata. Desde la primera olfacción me cautivó porque detecté con mucha firmeza los aromas propios del varietal, miel, manzana amarilla, manzanilla, membrillo y cera de abeja, una ligera nota salada que grita el terroir de este vino que no castiga al paladar.

En boca, untuosidad deliciosa, flores blancas, semiseco con acidez balanceada, muy estructurado, con notas de manzanilla con miel y manzana amarilla también presentes en boca.

Sobre este chenin blanc, la primera añada se hizo casi para consumo  personal, sólo 200 cajas, y ya para 2016 al observar que el varietal tenía una muy buena adaptación en  la zona y el primer vino fue un éxito, se hicieron 34 barricas fermentadas con madera.

¿El maridaje? Se me antojó con unos camarones con salsa blanca, pero tomártelo en solitario  siempre será una buena idea. Recuerda que sólo hay, como la etiqueta lo dice, 34 barricas, así que búscalos en su página web para conseguir uno de estos ejemplares.

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